20.- Érase una vez…un lago

«Así siempre empujados hacia nuevas orillas,

en la noche sin fin que no tiene retorno,

¿no podremos jamás en el mar de los tiempos

echar ancla algún día?»

Lamartine

Fuente del vídeo: andresaltini

Hemos llegado a un momento importante…y difícil: el momento de la creación literaria.

A partir de este vídeo del grupo neoyorkino Antony and the Jhonsons titulado The lake e independientemente del contenido de la letra en inglés, teníamos que contar una historia en función de lo que nos transmitieran las imágenes y el sonido.

Comprobamos desde el primer visionado que había múltiples elementos románticos y esa era la intención: revisar muchos de los que habíamos estado trabajando en las clases de literatura, si bien esta vez íbamos a traspasar el espejo y mirar desde el otro lado, no desde el papel de receptores, sino de escritores. Nuestro reto: crear un texto literario.

Ahora bien, todos teníamos que comenzar nuestro microcuento así: “Estando tumbado sobre la fresca hierba a los pies de las ruinas de mi alma y de ese castillo, empecé a soñar con…”

El resto dependía de vosotros y de vuestra inspiración. De momento, mostramos en esta entrada los textos que han realizado Huse Semlali, Manuel Gálvez, Nerea Ros y Rubén Vivancos. A ver qué opinión tenéis vosotros sobre los mismos.

«Estando tumbado sobre la fresca hierba a los pies de las ruinas de mi alma y de ese castillo, empecé a soñar con la melancólica búsqueda de una gran belleza incalculable: mi amada, con dulces labios resaltados de su piel blanca, como la nieve que yace en el suelo.

 Cabalgando, las hojas empezaban a caer. Atravesando el bosque oscuro, lleno de ramas de espinas y oscuras tinieblas, apareció un destello de luz tenue, me acerqué y me dormí. 

 Bajé al inframundo y encontré a  la belleza que tanto buscaba. Soñaba paseando por las grandes  montañas y los viejos árboles.  Yo envejecía, en cambio ella seguía tan joven y bella, fruto de una cegada ilusión. Como señal de amor verdadero, me entregó flores.

Desperté del sueño y sorprendentemente  me encontré en mi mano aquellas flores, lo que me hizo dudar entre los sueños y la realidad. Con el crepúsculo a mis espaldas,  me acosté en la oscura noche observando a mi amada  y a mí sobre la blanca luna.»

Huse Semlali

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Fuente: Flickr por Mara

«Estando tumbado sobre la fresca hierba a los pies de las ruinas de mi alma y de ese castillo, empecé a soñar con las ruinas que se situaban ante mí dentro de una vidriera con una mujer preciosa, la cual empecé a buscar pensando que ella estaba muy cerca de mí.

Me introduje hasta donde mi corazón me llamaba desenfundando mi espada y abriéndome paso a través de la maleza y todos los peligros de un bosque oscuro. Al oler una de las flores, la maleza me arrastró al borde de la muerte y entonces la encontré a ella como un rayo de luna, blanca y pura como la nieve.

Era como si esta mujer me correspondiera , entonces ella me regaló una preciosa flor de entre todas las que encontró. En su busca me regaló también uno de sus preciosos besos y entonces me desperté.

Renací de entre la maleza que me rodeaba. Crucé bosques, montañas con tempestades y ventiscas de nieve en pleno invierno paseando con mi amada por un montón de lugares.

Durmiendo cerca de la flor que me regaló apareció ella, blanca y pura, para decirme que siempre me acompañaría en todos mis viajes.

Cuando desperté pensé que la única forma de ver a la mujer que en un sueño amé, sería el sueño eterno.»

Manuel Gálvez

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Fuente: Flickr por khalid_almasoud

«Estando tumbado sobre la fresca hierba a los pies de las ruinas de mi alma y de ese castillo, empecé a soñar con sus ojos, su sonrisa que me daba la luz que necesitaba para vivir, su cuerpo que era mi mapa, su voz que me daba paz y tranquilidad.

Ella, mi preciosa dama, mi amor no correspondido, mi corazón alejado de mí, la dejé de ver. La busqué siguiendo el camino que me dictaba mi corazón, pasando  por caminos inexplicables, oscuros y tenebrosos pero siempre alumbrado por mi luna, a la que miraba y veía. Erraba de un lado para otro.

El otoño y sus hojas me acompañaban al igual que la nieve y las estrellas. Decepcionado por no encontrarte, crucé por último por un tenebroso bosque solo alumbrado por los ojos brillantes de los búhos. Rodeado de montones de helechos y espinos me dispuse a cruzarlos y encontré en el fondo de aquella pesadilla un claro muy luminoso. Rodeado de flores me acerqué y tu perfume recordé. La luna me cegó y te vi. Te acercabas, me mirabas, pero no hizo falta hablar, sé que nunca me olvidaste.

Caminamos por los caminos, riendo y volviendo a vivir juntos, pero el tiempo pasaba y yo poco a poco envejecía. Tú tan bella como desde el principio. Desesperado por pensar en volver a perderte sellé mi amor hacia ti con una simple flor. Poco a poco tu imagen iba desapareciendo, tus ojos dejaban de brillar y tu voz cada vez se oía menos. Mis ojos iban abriéndose, tú te alejabas, hasta que dejé de verte.

Desperté y tú ya no estabas, pero en mis manos tenía nuestra flor, nuestro amor, algo que será para siempre.»

Nerea Ros

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Fuente: Flickr por Luz Adriana Villa

«Estando tumbado sobre la fresca hierba a los pies de las ruinas de mi alma, empecé a soñar con una bella damisela. Jamás tal belleza había despertado en mí tanto interés que no fueran todas las batallas a las que me había enfrentado.

Dispuesto a encontrar esa mirada que me había robado el corazón, monté a lomos de mi corcel con el firme propósito de encontrarla. No fue fácil el camino, enfrentándome a días fríos, noches tenebrosas, agotamiento… pero aferrado a mi fiel espada que calmaba mi temor, dándome el valor suficiente para conseguir mi tan deseado objetivo, no dudé en seguir adelante.

Fruto del cansancio al que estaba sometido durante tantos días, caí en un profundo sueño dentro de mi sueño, y ahí estaba ella, iluminada por una luna que hacía que su pelo resplandeciera con un brillo increíble, y esa mirada profunda, tierna que hizo estremecer hasta el último poro de mi piel. Sus labios pedían que la besase a gritos, y mientras me deshacía en su mirada, imaginé como sería envejecer junto a ella.

Sus manos portaban un ramillete de flores frescas, desprendiendo un olor jamás descrito, las cuales depositó en mis manos. Su leve roce de piel al entrar en contacto con la mía, me hizo entender que sería mía para siempre.

Todo ello se esfumó al abrir mis ojos. Comprendí que había sido un sueño, pero sorprendentemente en mis manos se hallaban las flores regaladas. Fue entonces cuando juré hacerme el firme propósito de no parar hasta encontrarla.

Es la batalla más dura que estoy llevando a cabo, pero cada vez estoy más cerca de su olor.»

Rubén Vivancos